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El nuevo libro Amstrad Eterno

Todos estamos de acuerdo en que… ¡ya era hora! Los amigos y usuarios de Amstrad teníamos derecho a un libro de temática exclusiva cepecera. Hoy en día, vivimos cierta eclosión de libros dedicados a videojuegos retro y sus máquinas correspondientes (Megadrive Legends, La guía de los Matamarcianos, 100 máquinas recreativas que hicieron historia, El mundo del Spectrum, La biblia de Super Nintendo… y un largo etcétera). Y por fin llegó el nuestro, de la mano de Atila Merino, director y fundador de Amstrad Eterno. Y precisamente así bautizó a su criatura: Amstrad Eterno.

El libro no defrauda en absoluto. Aparte de la exquisita edición en cuanto a grafismo, todo un alarde estético de la mano de Javier Cubedo (Dinamic), se nota que el contenido está más que cuidado, incluso se diría que mimado con amor y esmero. Carnaza asegurada para el hambre nostálgica que con frecuencia acucia a nuestra generación, sobre todo esta época de frivolidad y placeres efímeros, donde nada nos termina de saciar y no podemos más que contemplar el patético espectáculo de nuestros referentes desapareciendo en el horizonte del pasado. No es el caso que nos ocupa. Los ochenta trajeron muchas cosas buenas y, a algunos afortunados, un Amstrad CPC entre ellas. Estas máquinas, al menos hasta que se demuestre lo contrario, son eternas.

Los primeros capítulos del libro están dedicados a contextualizar la aparición de nuestra querida amiga de ocho bits. Un repaso de la vida del fundador de la compañía Amstrad, Sir Alan Sugar, y de sus peripecias empresariales, hasta que sacó su famoso microordenador. Para quienes gusten de estos datos historicistas, tendrán deleite de sobra y, para quienes no, tranquilos que tampoco es excesivo y todo viene trufado de imágenes interesantes.

El capítulo once es de agradecer también, ya que nos habla de las revistas de la época dedicadas a los microordenadores Amstrad, que aún hoy en día se pueden coleccionar de segunda mano y que no dejan de ser pequeños ventanucos al pasado.

A partir de ahí, entramos ya en materia de juegos, la mayor parte del libro, que es básicamente lo que más interesa a la comunidad, aquello que golpea en el inconsciente del niño que llevamos dentro. Las soluciones de almacenamiento masivo actuales (DDI-3, M4 Board… entre otras) son geniales, pero uno de los problemas que trae consigo la abundancia es que tenemos listas interminables de juegos que muchas veces no conocemos o que, sencillamente, olvidamos que están. El hecho de tener un libro tan bien escrito y diseñado, donde podemos consultar reseñas de juegos en páginas repletas de magia, es un gran aliciente para echarse unas partidas, si es que se necesita alguno.

El libro hace un repaso a las compañías de software nacional, haciendo una breve descripción de las mismas, para a continuación comentar los que, a juicio del autor, son los mejores juegos de la compañía en cuestión. Acabado el panorama nacional, Atila hace lo propio con el software internacional. Hora de desempolvar los joysticks y dejarse hipnotizar por el fósforo verde o, en el caso de los más audaces, aposentar en las retinas los mejores colores que se pueden encontrar en 8 bits.

El siguiente apartado del libro está dedicado a ilustradores, empezando por el recientemente desaparecido y muy añorado Alfonso Azpiri, en un meritorio puesto inicial, y continuando con algunas páginas de las más bellas imágenes dibujadas para los juegos de la época por los mejores artistas del momento.

El libro acaba comentando la actualidad de la scene: webs actuales, concursos, publicaciones en papel, el homebrew que tanto nos gusta y nos motiva y las últimas expansiones y periféricos. Es decir, aquellas cosas donde algunos nos dejamos esos ahorrillos que conseguimos escamotear de la economía familiar, bajo la consigna de seguir apoyando el mundillo, pero en el fondo por puro placer.

No obstante, todo libro sin aspiraciones enciclopédicas es un libro de presencias limitadas y, por lo tanto, también de grandes ausencias. Los mentideros amstradianos, donde recalan los más avezados en desarrollo y tecnología, han echado de menos datos y análisis más técnicos que, sin duda, también son de obligada mención, si se quiere rendir un homenaje completo a los Amstrad CPC. También, por supuesto, existen muchos juegos y grupos de desarrollo, tanto clásicos como actuales, que por problemas de espacio o por criterios personales se han quedado fuera de esta obra, cosa que a muchos les resulta incomprensible, pues nunca llueve a gusto de todos. Sin embargo, Atila Merino se adelanta y calma estas críticas, casi siempre constructivas, asegurando a modo de epílogo, despedida y cierre que, tal vez, aparezca una continuación de su libro.

Desde AUA, esperamos con ansia viva la segunda parte. Y las que vengan.

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